¿Se pueden imaginar un pedacito de cartón, tan chiquito como una moneda, cruzando el living de una casa grande de noche para que nadie lo vea?

Yo no podía imaginarlo hasta que me lo contó mi tío Fabián. Relató la historia con tanto detalle que, desde ese momento, sentí que la conocía como si yo misma la hubiese contado mil veces.

El pedacito de cartón era, en realidad, una pieza del último rompecabezas que mi tío había comprado.

Mi tío es fanático de los rompecabezas. Puede pasar horas armándolos. Una vez, estaba tan enfrascado con uno que se olvidó de desayunar, almorzar, tomar la merienda y cenar. Recién cayó en la cuenta de que tenía un hambre de elefante cuando completó el puzzle y se fue a dormir. Entonces, no tuvo mejor idea que abrir el pote de dulce de leche con chocolate que guardaba en la alacena y comer tres cucharadas gigantes. ¡Al otro día, se levantó con un dolor de panza que ni les cuento!

La cuestión es que el último rompecabezas -del que trata esta historia- lo armó durante varias semanas con muuucha paciencia y lo enmarcó como si fuera un cuadro de Picasso. Después, lo colgó en el living para que todos pudiéramos observarlo maravillados. ¡Era un gran mapamundi de color marrón!

– El color es sepia, Martina. Es como el marrón, pero más apagado.

–  Tenés razón, tío. Color sepia.

La pieza del mapamundi de la que les hablo tenía dibujada una isla que flotaba en el océano Pacífico, entre Oceanía y América del Sur.

– En verdad las islas no flotan, Martu. Están unidas al suelo del mar. Si no fuera así, se hundirían como una piedra cuando la tirás al agua. ¿Nunca tiraste una?

– Es cierto, tío. Las islas no flotan y las piedras se hunden. ¿Ahora puedo seguir contando la historia?

– ¡Por supuesto! ¡Soy todo oídos!

La pieza que tenía dibujada la isla era una de sus favoritas. Se encontraba en el mapa sobre la línea del Ecuador, esa que divide al mundo en dos. Allí casi siempre hace calor y el agua es tibia, por lo que la isla debía ser un paraíso…

– ¡Lo es, Martina! Playas de arena blanca, un bosque frondoso, el mar transparente, peces de colores, tortugas gigantes y aves exóticas sobrevolando el horizonte. ¡Después te muestro fotos!

– Dale, tío. Después me mostrás.

Un día, mi tío notó que el rompecabezas estaba incompleto. Antes de desayunar, se detuvo un minuto a contemplarlo, como hacía todas las mañanas, y observó que faltaba justo la isla del Pacífico. La del bosque frondoso, la arena blanca, el mar transparente y todo lo demás.

Pensó que la pieza se había caído al suelo. La buscó rápido con la mirada y no la encontró. Se agachó, apoyó las rodillas y las manos en el piso y barrió con los ojos todo el living, pero no la vio. Entonces comenzó a desesperarse. Llamó a Cachito, su perro salchicha. Quería que lo ayudara a buscarla.

– Es una pieza chiquita, Cachito. ¡Ojo, no te la vayas a comer! -le dijo.

– “Buff, buff” -respondió Cachito, y de inmediato empezó a olfatear todo lo que había alrededor, incluidas unas migas de galletita que terminó embuchando.

Así estuvieron un largo rato: mi tío arrodillado hurgando debajo del sillón del living y Cachito arrasando con cada miga que encontraba en el suelo. Creo que el salchicha olvidó muy rápido su misión: ya no buscaba la pieza perdida, sino restos de galletitas. Pasaba la lengua y ¡zas!: no quedaba nada dulce ni salado sin tragar.

Mientras Cachito se divertía persiguiendo hormigas y tratando de atraparlas con sus garras, Fabián exploraba el living por cielo y tierra. Tomó todos los almohadones del sillón y los abrió uno por uno para ver si la isla se había perdido en su interior, entre las plumas. Después, levantó el mantel amarillo de la mesa y lo sacudió con la esperanza de que la pieza apareciera, pero no. Tampoco la encontró en la caja de té donde guardaba las llaves de la casa ni en la maceta del ficus que crecía junto a la ventana ni atrás del espejo con forma de óvalo que colgaba de una de las paredes ni entre los botones del control remoto de la tele. Por si acaso, también se fijó ahí.

Finalmente, se subió a una silla y observó detenidamente la lámpara con forma de araña que colgaba del techo. Pensó que, tal vez, el aire del ventilador había hecho volar a la pequeña isla hasta dejarla pegada a una bombilla encendida.

Nada. No había rastros del pedacito de cartón.

Rendido y triste por la ausencia de su isla favorita, mi tío Fabián se paró frente al rompecabezas y suspiró. Ahí fue cuando notó algo muy extraño: en el hueco que dejó la pieza había un papelito muy chiquito clavado con un alfiler. Lo tomó e intentó leer el mensaje que contenía, pero la letra era tan diminuta que, en vez de lentes, debió usar una lupa. Cuando lo leyó, sus ojos se abrieron como dos lunas llenas:

– “Me voy por un tiempo, Fabián. Deseame suerte” -decía el papel.

Mi tío no entendía nada. ¿Qué significaba ese mensaje? ¿Quién lo había escrito? ¿¡Adónde demonios estaba la pieza de la isla del Pacífico!?

Desconcertado, comenzó a llamarla:

– Pieeeeza, pieeeciiiitaaaa, ¿dónde estás que no te puedo encontrar? -preguntó, casi a modo de ruego.

El perro salchicha jadeaba. De repente, comenzó a ladrar y se acercó al dormitorio de mi tío, donde tenía prohibido entrar. La puerta estaba cerrada con llave.

– No lo dejo pasar porque se sube a la cama y la llena de pelos y pulgas.

– Lo sé, tío.

– Además, le gusta despertarme muy temprano con lengüetazos en la cara para que lo saque a pasear.

– Claro, ¡qué molesto este Cachito!

De pronto, a mi tío se le encendió la lamparita y comprendió que la pequeña isla paradisíaca debía estar en su dormitorio. No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero el olfato de Cachito no podía fallar.

Decidido a encontrar la pieza que le faltaba a su rompecabezas, abrió la puerta de la habitación y le ordenó al salchicha que la buscara. El perro husmeó en cada rincón, pero no la encontró. Después, levantó con el hocico una alfombra donde mi tío apoyaba sus pantuflas y buscó debajo de ella, pero tampoco tuvo suerte. También buscó dentro de las pantuflas. Salió con cara de “¡Puf! ¡Guácala! ¡Qué olor a pata!”

Finalmente, Cachito trepó a la cama, se abalanzó sobre la almohada como si fuera una presa y comenzó a morderla ferozmente, hasta que mi tío lo retó:

– ¡Basta, Cachito! ¡Una cosa es buscar la pieza del rompecabezas y otra muy distinta es destrozar mis cosas! -lo reprendió.

Una vez más, Cachito había olvidado su misión. Antes que jugar a ser detective, le divertía más desplumar una pobre almohada con sus colmillos.

Le hincaba el diente y gruñía “grrr, grrr” cuando mi tío tironeaba para sacársela de la boca.

– ¡Era mi almohada favorita!

– Tranquilo, tío. Para tu cumpleaños, te voy a regalar una igual.

– ¿Una con dibujos de flamencos amarillos y jirafas verdes?

– Sí.

– ¿Y con pájaros celestes y sapos rojos?

– También, tío.

– ¡Gracias, Martina! ¡Tenés un corazón de oro! Dale, seguí contando la historia.

Ustedes pensarán que mi tío bajó de inmediato a Cachito de la cama al grito de “¡juira, bicho!” o “¡bájesedeahíCachitomaleducado!”, pero no, eso no fue lo que sucedió.

Resulta que, cuando Cachito estaba a punto de saltar con sus cuatro patas al mismo tiempo asustado por la cara de furia de mi tío, su olfato canino lo detuvo. El perro salchicha detectó una presencia extraña en el lugar y se quedó congelado apuntando con el hocico, los ojos, las orejas, la frente, el entrecejo y todo el cuerpo a otro rompecabezas, uno que llevaba años colgado en el dormitorio. ¿No les dije que mi tío es fanático de los rompecabezas?

El puzzle era muy colorido. Tenía dibujado un gran parque de diversiones construido frente al mar. Había una rueda de la fortuna, una montaña rusa y una calesita llena de caballos de madera donde chicas y chicos sonreían.

– ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! -ladró Cachito con insistencia.

– ¿Qué pasa? ¿Qué viste? -le preguntó mi tío.

Fabián siguió la mirada del perro salchicha y se acercó sigilosamente al puzzle. Lo observó con detenimiento y le pareció que los carritos de la montaña rusa se movían, la rueda de la fortuna giraba y los caballos de madera del carrusel subían y bajaban.

Se frotó los ojos. No podía creer lo que veía: en uno de los carritos de la montaña rusa estaba la isla del Pacífico, que gritaba de felicidad y apuntaba con sus brazos de palmera al cielo cuando bajaba a toda velocidad. “¡Iiiiiuuuuupiiiiii!” -exclamaba.

– ¡Mirá dónde te vengo a encontrar! -le dijo mi tío-. ¿Qué hacés acá? ¿Por qué te fuiste del mapamundi?

– ¡Quería divertirme un rato, Fabián! En el mapamundi no hay parques como este -le respondió la pieza del rompecabezas.

– Pero tu lugar está allá. Sos una isla del Pacífico color sepia, no una persona que grita “iupi” en una montaña rusa -insistió mi tío.

– No voy a volver tan pronto, Fabián. Antes, quiero probar todos los juegos. Así, cuando regrese al mapamundi, podré contarles a las otras piezas lo que hay acá. ¡Tal vez alguna se anime a construir en su país un gran parque de diversiones!

Mi tío pasó un largo rato tratando de convencer a la isla para que regresara a su mundo sepia. Ella hacía que lo escuchaba y, mientras tanto, montaba los caballos de la calesita, tomaba fotos desde lo alto de la rueda de la fortuna e intentaba encestar una pelota en un aro para llevarse de premio un oso de peluche más grande que sus propias palmeras.

– Pero piecita, ¿no ves que sin vos está incompleto el mapamundi? Ya no es perfecto como antes…

– ¡Más que perfecto es aburrido, Fabián! Todas las piezas quietitas conformándose con que alguien las mire y diga: “¡Oh, qué bello mapamundi! ¡Quisiera tener uno igualito en mi casa!”

– ¿Y si charlan sobre lo lindas que se ven todas juntas? -propuso mi tío.

– Aburrido…

– ¿Y si juegan a las estatuas?

– ¡Muy aburrido! Además, en el mapamundi hay un montón de islas. Nadie va a notar que falta una.

Después de recorrer todo el parque, la pieza se compró pochoclos salados y una manzana bañada en caramelo. Terminó de comer y le dijo a mi tío:

– Quedate tranquilo, Fabián. Ya voy a volver, pero cada tanto saldré a pasear y conocer otros mundos. Vos deberías hacer lo mismo.

Mi tío se sentó en el borde de la cama, frente al puzzle. Cuanto más lo miraba, más comprendía a la pieza. El parque de diversiones desbordaba de colores y emociones: la calesita roja y amarilla que giraba con sus caballos relucientes, la rueda de la fortuna que al atardecer encendía sus luces e iluminaba el cielo todavía lleno de gaviotas, un mar con olas como el que siempre soñó…

Mi tío Fabián se levantó con decisión. Fue al living, donde el perro buscaba más restos de galletitas, y anunció:

– Cachito, ¡nos vamos de vacaciones!

En seguida, se acercó al puzzle del parque de diversiones y le dijo a la isla:

– Voy a necesitar que cuides la casa un par de semanas. ¿Podrás hacerlo?

– Claro, Fabián. ¿Vas a viajar?

– ¡Sí, con Cachito vamos a conocer la verdadera isla del Pacífico! ¡Quiero caminar por las playas de arena blanca, recorrer el bosque frondoso, nadar en el mar transparente entre peces de colores y saludar a las tortugas gigantes!

El salchicha saltaba sin parar hasta la cintura de mi tío y, en el aire, movía la cola de felicidad. Se imaginaba mirando las nubes desde arriba por la ventanilla del avión, persiguiendo pájaros en la arena y bañándose entre las olas.

– ¿Y si el viaje no resulta tan maravilloso como lo soñás? -le preguntó la pieza del rompecabezas a mi tío.

– No importa, ¡lo voy a disfrutar igual!

Fabián preparó las maletas, se puso el sombrero de playa y los lentes de sol, se calzó las ojotas y salió contento rumbo al aeropuerto. Cachito iba detrás. Llevaba en la boca una pelota de goma naranja de esas que no se rompen ni aunque las muerdan mil veces.

Durante varios días, la isla del puzzle se dedicó a recorrer la casa. Visitó otros rompecabezas que coleccionaba mi tío, conoció nuevos mundos y les contó a sus amigas. Algunas no le prestaron mucha atención. Otras sí, y se animaron a acompañarla en sus aventuras. Sabían que más allá de las fronteras del mapamundi había un universo por descubrir.

¿Ahora se pueden imaginar un pedacito de cartón, tan chiquito como una moneda, cruzando el living de una casa grande de noche para que nadie lo vea?

Autor: Darío Nudler. Todos los derechos reservados.